El mar Rojo como escenario de competencia global
Situado a lo largo de una de las rutas comerciales más importantes y con una extensión aproximada de 438.000 km², el mar Rojo se ha consolidado como un nodo estratégico para el comercio global y la geopolítica. Su relevancia radica en que conecta el océano Índico con el mar Mediterráneo a través del canal de Suez, configurando un corredor clave entre Europa y Asia.
Antes de la crisis de seguridad iniciada en 2023, cuando los hutíes empezaron a atacar buques israelíes y occidentales, el sistema Suez-Bab el-Mandeb concentraba en torno al 20-30% del tráfico mundial de contenedores. Sin embargo, esta centralidad se ha visto gravemente alterada, con caídas cercanas al 50% en los primeros meses de 2024, y ha puesto de manifiesto hasta qué punto la seguridad de esta ruta es crítica.
La dimensión energética refuerza aún más está vulnerabilidad. Los flujos de petróleo a través del estrecho de Bab el-Mandeb pasaron de 8,7 millones de barriles diarios en 2023 a unos 4 millones en 2024, evidenciando el impacto directo de la inseguridad marítima sobre los mercados energéticos globales.
Más allá de su papel como corredor comercial, el mar Rojo bordea regiones altamente volátiles como el Cuerno de África y la península Arábiga. Esta combinación de centralidad económica y fragilidad política lo ha convertido en un espacio de creciente competencia geopolítica, donde actores regionales y globales buscan asegurar acceso, influencia y capacidad de proyección de poder.
En esta área geográfica confluyen rivalidad militar, control logístico, competencia por influencia y guerra indirecta. Esa competencia fragmenta la seguridad regional, favorece formas indirectas de coerción y aumenta la exposición de Estados frágiles y del tráfico marítimo a riesgos que a menudo vienen de fuera.
Yibuti, único país en el mundo con bases militares estadounidenses y chinas
En el mar Rojo, el poder no se ejerce tanto mediante el control territorial como a través del acceso a infraestructuras estratégicas. Yibuti, situado junto al estrecho de Bab el-Mandeb, concentra esta lógica como ningún otro enclave.
El país alberga la base estadounidense de Camp Lemonnier —principal instalación militar de EE. UU. en África— y, desde 2017, la primera base militar permanente de China en el extranjero, siendo el único país que alberga una presencia militar permanente de estos dos grandes rivales políticos y comerciales separadas por apenas diez kilómetros. Esta coexistencia refleja una competencia directa pero contenida entre ambas potencias.
Para Estados Unidos, es clave para operaciones de inteligencia, contraterrorismo y proyección regional bajo el Mando África de los Estados Unidos (AFRICOM). Para China, sin embargo, la lógica es más amplia y estructural. Su presencia en el país africano responde a la necesidad de proteger las líneas de comunicación marítima globales que sostienen su economía exportadora. Así lo atestiguan los millones de dólares que China ha invertido en la infraestructura, fundamentalmente portuaria, del país, configurando a Yibuti como un centro regional para el transporte, la logística y el comercio en África Oriental.
Proyectos e inversiones chinas en Yibuti registradas por el China Global Investment Tracker (AEI)
Fuente: elaboración propia a partir de la captura del China Global Investment Tracker, American Enterprise Institute (AEI).
En este sentido, la base establecida en 2017 marca un punto de inflexión: permite a China pasar de una presencia naval puntual —limitada a misiones antipiratería desde 2008— a una capacidad de despliegue sostenido en el Índico occidental, con funciones de reabastecimiento, mantenimiento y apoyo logístico.
Sin embargo, la coexistencia de ambas potencias no está exenta de tensiones. Uno de los incidentes más significativos se produjo en 2018 cuando pilotos estadounidenses denunciaron haber sido afectados por láseres de origen chino desde su base en Yibuti, en lo que el Pentágono calificó como una acción peligrosa que causó lesiones leves a varios militares.
Más allá de incidentes como este, la Casa Blanca ha mostrado una preocupación creciente por la expansión de la huella china en el país. Un punto especialmente sensible es el control e influencia sobre infraestructuras críticas. China lleva invirtiendo muchos años, en el marco de la Iniciativa de la Ruta y la Franja (BRI) en este tipo de infraestructuras, en Yibuti y en el resto del continente africano.
Esta acumulación progresiva de activos estratégicos por parte de empresas chinas en Yibuti —en particular en el puerto de Doraleh y en la zona franca— ha reforzado la percepción en Washington de que la competencia no se limita al plano militar, sino que incluye el control del ecosistema logístico. Una mayor capacidad china para condicionar el acceso a estos activos puede afectar a la operatividad estadounidense, especialmente en términos de reabastecimiento, mantenimiento y movilidad.
Al mismo tiempo, Yibuti no es un actor pasivo en esta dinámica. Ha desarrollado una estrategia deliberada de aprovechamiento de su posición geográfica. El gobierno ha optado por la multilateralidad, por diversificar sus alianzas y acoger bases militares de múltiples potencias con el objetivo de maximizar sus beneficios económicos y margen de maniobra político. Además de China y Estados Unidos, también tiene bases francesas, japonesas o italianas.
Este modelo ha convertido al país en un auténtico “rentista estratégico”, cuya economía depende en gran medida de las rentas derivadas del alquiler de bases militares y de su papel como centro logístico regional (más del 90% de sus exportaciones de bienes son en realidad reexportaciones vinculadas al comercio con Etiopía). Estas rentas (117 millones de dólares al año), junto con los ingresos portuarios vinculados al tránsito comercial —especialmente el de Etiopía, que canaliza la mayor parte de su comercio a través de Yibuti—, constituyen uno de los pilares fundamentales de su economía.
Sin embargo, este modelo también entraña riesgos. La concentración de infraestructuras estratégicas y presencia militar extranjera convierte al país en un punto de fricción potencial entre grandes potencias.
La competencia por el orden regional que disputan Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Arabia Saudí
La rivalidad entre Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Arabia Saudí añade una segunda capa de competencia en el entorno del mar Rojo. Ambos países intervinieron conjuntamente en Yemen a partir de 2015, pero sus estrategias han divergido progresivamente.
Si bien ambos países han ido retirando su presencia militar del país, con el objetivo de mantener la seguridad y estabilidad del régimen yemení, Arabia Saudí sigue apoyando al Consejo de Liderazgo Presidencial (PLC) reconocido internacionalmente, aunque fragmentado y con una capacidad limitada para consolidar su control efectivo sobre todo el país. Por su parte, los EAU han seguido una lógica distinta, manteniendo su influencia en el país a través del apoyo a actores secesionistas locales en el sur —principalmente, el Consejo de Transición del Sur (CTS)— y construyendo una red de influencia portuaria en el Cuerno de África, con el control de puertos como el de Adén en Yemen o el de Berbera en Somalilandia, como herramienta de proyección marítima y logística.
Esta divergencia estratégica ha tenido consecuencias directas sobre la evolución del conflicto en Yemen. Lejos de consolidar un bloque cohesionado frente a los hutíes, el país ha experimentado una creciente fragmentación en las áreas bajo control del PLC, donde distintos actores locales respaldados por Arabia Saudí y los EAU compiten por el poder político y territorial. Yemen ilustra cómo una rivalidad entre potencias regionales puede trasladarse al interior de otro país transformando un conflicto interno en un escenario de competencia indirecta.

Israel, un actor con reciente interés en la región
Otra dinámica emergente es la utilización de espacios políticamente frágiles como plataformas de proyección estratégica.
Esto es lo que ha hecho Israel recientemente con el reconocimiento oficial de Somalilandia como Estado independiente, en diciembre de 2025. Esta decisión responde a una lógica de acceso estratégico a un enclave situado frente al golfo de Adén y próximo a Bab el-Mandeb, un punto desde el que reforzar capacidades de vigilancia, cooperación en inteligencia y seguridad marítima en una región en la que los buques israelíes han sido particularmente afectados por los ataques de lo hutíes.

Actores regionales y organizaciones internacionales, incluida la Unión Europea, han expresado preocupación por el potencial impacto desestabilizador de esta decisión, en la medida en que introduce un nuevo elemento de competencia en una región ya altamente fragmentada. La reacción de los hutíes fue particularmente relevante. Su liderazgo advirtió que cualquier presencia israelí en Somalilandia sería considerada un objetivo militar, en línea con su estrategia de ampliar el perímetro de confrontación más allá de Yemen y proyectar su capacidad de disuasión en el eje Bab el-Mandeb–mar Rojo.
Este movimiento introduce varios vectores de riesgo. En primer lugar, refuerza la posibilidad de que el mar Rojo se consolide como un espacio de confrontación indirecta entre Israel e Irán, a través de actores proxy como los hutíes. En segundo lugar, aumenta la exposición de infraestructuras estratégicas en el Cuerno de África a dinámicas de militarización. Y, en tercer lugar, incentiva una mayor competencia por nodos periféricos en contextos de fragmentación estatal, donde el reconocimiento político puede traducirse en acceso estratégico.
Coerción indirecta y riesgos híbridos: el papel de los actores no estatales
Además de la competencia de grandes potencias que buscan influencia regional, la principal amenaza a corto plazo para la estabilidad del mar Rojo proviene de actores no estatales, especialmente del movimiento hutí en Yemen y del yihadismo regional y la piratería somalí.
Desde finales de 2023, los hutíes han llevado a cabo una campaña sostenida de ataques contra el tráfico marítimo en el mar Rojo y el golfo de Adén. Estos ataques han afectado a más de 60 países que se han visto obligados a reconfigurar rutas comerciales globales. Además, es un grupo con una incipiente cooperación con los yihadistas de al-Shabaab, que controlan parte del sur de Somalia, con intercambios de armamento, entrenamiento e inteligencia, lo que refuerza la conexión entre las dinámicas de seguridad del mar Rojo y el Cuerno de África.
Y aunque eclipsada por la actividad hutí en la zona y relativamente controlada gracias a operaciones como la europea Atalanta, la piratería sigue siendo un riesgo relevante. Los grupos somalíes mantienen capacidad operativa, incluyendo ataques a gran distancia (300-500 millas náuticas) mediante el uso de buques nodriza, y se ha detectado un resurgimiento desde finales de 2025.
Qué monitorizar en el corto plazo
Existen varios desarrollos que debemos monitorizar por su capacidad para influir en la estabilidad regional y en los flujos del comercio global:
- La consolidación de un patrón de coerción marítima de baja/media intensidad con ataques selectivos, amenazas recurrentes y represalias limitadas que no bloquean completamente el tránsito de buques, pero encarecen de forma estructural el tránsito y reducen su previsibilidad. La experiencia de los últimos dos años sugiere que este escenario es altamente probable.
- La profundización de la fragmentación política en los Estados del Cuerno de África agravada por la competencia entre actores externos mediante acuerdos opacos, apoyo a actores subestatales y competencia por puertos, bases o corredores logísticos. En ese entorno, el riesgo marítimo no puede separarse de la erosión de la gobernanza en los territorios colindantes.
- También, el contagio desde conflictos regionales adyacentes. Yemen, Sudán, Somalia y las tensiones en el eje Etiopía-Eritrea-Somalia forman parte del mismo arco de vulnerabilidad que rodea el mar Rojo. Cuando estas crisis se intensifican, aumenta la probabilidad de militarización del litoral, coerción sobre rutas y utilización de actores locales como instrumentos de rivalidades más amplias.
La reciente escalada en Oriente Medio refuerza esta dinámica de contagio indirecto. Desde finales de marzo de 2026, los hutíes han reanudado sus ataques contra Israel en el contexto de la intensificación del conflicto regional, aunque sin reactivar por el momento la campaña sostenida contra el tráfico marítimo en el mar Rojo. El grupo ha combinado ataques limitados en el sur de Israel con amenazas de expansión —incluido el eje Bab el-Mandeb— condicionadas a la evolución del conflicto y a posibles líneas rojas en la escalada regional. Sin embargo, la escalada podría llegar a trasladarse a este nuevo escenario si Irán cumple sus amenazas.
Nota: Este artículo es resultado del trabajo realizado por Irene Boleas, estudiante en prácticas del Máster en International Security Management de la Universidad Pontificia Comillas, que ha realizado sus prácticas curriculares en ERIS.
Fuentes consultadas
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